Dio a luz pero una negligencia médica la dejó con muerte cerebral en el Hospital Civil de Oaxaca



Erika Alexandra ya no conoció a su hijo porque una negligencia médica le provocó muerte cerebral. Sus familiares esperan el fatal desenlace en una cama del Hospital Civil, o un milagro dentro de la más amarga incertidumbre.

En el rostro de Erika, de apenas 16 años de edad, se ven correr lágrimas, pero a los médicos del Hospital Civil “Aurelio Valdivieso” les urge desconectarla porque, aseguran, “ya no hay nada que hacer” y necesitan la cama para algún otro paciente.

Con un contundente rechazo a esa decisión “inhumana”, la madre de la adolescente recurrió a la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, y una medida cautelar impidió tal “crimen”.

Los hechos

Llena de miedo y angustia, Erika Alexandra ingresó al hospital. Quizá intuía que un mal diagnóstico médico acabaría con su vida. Horas antes preparó la pañalera con la ropa que vestiría su bebé al nacer, pero luego Erika ya no supo más. Tuvieron que hacerle cesárea para extraerle al pequeño.

Él recién nacido está bien, pero a su madre se le va extinguiendo la vida cada minuto que pasa.

Y Felícitas Cabrera García, madre de Erika, también “muere” cada segundo al ver que la vida de su hija se desvanece conforme pasa el tiempo.

“La muerte cerebral que tiene postrada a mi hija en una cama del hospital civil es por una negligencia del Cessa (Centro de Salud de los Servicios de Salud), de la médica que no pudo aplicar ese protocolo en urgencia ginecobstetra”, dice la mujer.
La madrugada del jueves 5, con 36.5 semanas de embarazo, Erika Alexandra –estudiante del primer semestre del Bachillerato Especializado en Contaduría y Administración de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca– empezó a sentirse mal y llamó a su mamá.

“Me siento muy mal, me duele el lado de la costilla derecha, me duele la cabeza, me zumba el oído, ya veo borroso”.

Felícitas buscó a alguien con vehículo para que la llevara a buscar a su hija. Su instinto de madre le advertía que había llegado la hora del parto, aunque los médicos lo habían programado para finales de octubre o principios de noviembre.

Relata: “Conseguí quien me diera el raite, y mientras iba por mi hija, le daba algunos consejos por mensaje vía WhatsApp porque supuse que estaba en situación de riesgo.

“Cuando llegué, Erika me esperaba a orilla de la carretera con una pañalera y la ropa que quería que le pusieran a su bebé.

“El lugar idóneo para atender a mi niña era el Cessas de San Jacinto Amilpas, creado precisamente para evitar muertes maternas. Estaba una doctora. Pasa mi hija con su novio para que la valorara la médica. Eran las 3:39 horas del día cinco de este mes y mi hija sale con los ojos llorosos y dice: ‘No me voy a quedar, la doctora dice que estoy bien’”.

Inconforme, la madre tocó al consultorio y entró de inmediato para preguntarle a la doctora cuál era el diagnóstico porque Erika se quejaba de mucho dolor de cabeza y zumbidos.

“La niña está bien. Incluso escuche el corazón del bebé, está normal. Esto es porque ya empezó el trabajo de parto, tiene un centímetro de dilatación. Ya hice las anotaciones y a las 10 horas que la atienda el doctor o a las 11, pero de preferencia a las 10. Le recomiendo que se dé un bañito con agua caliente. Tranquila, todo está bien”, respondió la doctora.

Eran las 4:27 y decidieron regresar a su casa, pensando que quizá por ser primeriza el dolor era muy intenso.

“Llegamos a casa alrededor de las 5:45 o seis de la mañana. Seguía con dolor. No podía contener las lágrimas. Para calmarla, le dije: “vamos por unos papeles y nos vamos al Hospital Civil’”.

Mientras buscaba los papeles, Erika se notaba más desesperada y dijo a su madre: “Mamá, ya no aguanto, págame una cesárea particular. Llévame al doctor particular”.

La limitación del dinero se hizo presente: “Hija, pero no tengo dinero. Aguántate tantito y nos vamos al Civil”.

Alrededor de las 7 de la mañana se escuchó el grito de Yesi, la persona que cuida al bebé de Felícitas mientras trabaja: “Erika, no”.

Cuando entró al cuarto, vio que su hija ya tenía los pies chuecos y las manos retorcidas. Lo único que pudo decirle en ese momento fue: “¡Erika, ponte chingona! Aguanta hija, ya nos vamos”. La adolescente tomó a su mamá de los brazos, la miró espantada y le dijo que tenía mucho miedo. El pánico se notaba en su mirada.

“Traté de subirla al sofá y alcanzó a decir: pipí. Le pasamos una cubeta para ver qué líquidos expulsaba por si se le reventaba la placenta. En ese momento quedó inconsciente totalmente, sólo hacia sonidos raros”.

Felícitas salió a la calle en busca de un taxi. Un vecino las auxilió y cuando iban en la curva del cerro del Fortín, Erika empieza a sacar un líquido sanguinolento y espumoso.

La angustiada madre gritó: “acelera, acelera, porque mi hija está muy mal”, mientras decía a Erika: “Aguanta hija, aguanta hija”.

“Al llegar al hospital metimos el coche hasta adentro. Los médicos la ingresaron de inmediato porque decían que mi hija ya iba en coma”.

Preguntaron si padecía de la presión y si no le habían dado atención médica. La madre les hizo saber que en la madruga habían estado en el Cessa de San Jacinto, pero que la doctora que atendió a la adolescente les dijo que estaba bien “y yo me la llevé tranquila confiando en la experta”.

Los médicos hicieron una cesárea de emergencia, pero Erika sufrió un infarto cerebral. “Hay pocas probabilidades de que sobreviva”, fue el diagnóstico final.

Uno de los galenos preguntó a Felícitas si tenía un comprobante del Cessa y ella mostró el que le dio la doctora, y aquél le quitó el documento.

La subdirectora le confirmó que solo mediante un escrito dirigido al departamento jurídico puede tener de regreso el papel. “Lo que buscan, dice, es encubrir la negligencia, a la doctora del Cessa y a un alto funcionario que fue el director del hospital de especialidades”.

Pero, además, Rosario Villalobos Rueda, fiscal especializada en Delitos cometidos contra la Mujer por Razón de Género, se negó a darle apoyo porque el caso, dijo, “no es de su competencia”.

“Con el dolor de mi corazón me despegué de mi hija y fui a la fiscalía a presentar la denuncia por negligencia, y en la Fiscalía Especializada la licenciada dijo que la institución adecuada podría ser justicia para adolescentes y la dependencia de corrupción. Y que yo ejercite mis derechos, pero que tenía que ir a Ciudad Judicial ubicada en Reyes Mantecon.
“Estamos hablando de una fraternidad entre personas poderosas y debido a sus cargos ensombrecen el panorama de la justicia para los que no tenemos nombramientos ni ostentamos cargos”, subraya notablemente enojada y con un dolor que le sale por los poros.

Finalmente acudió a la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca para exigir justicia.

“¡Que se haga justicia! Que Erika Alexandra no sea una cifra más en la lista negra de impunidad, de injusticia y negligencia como las que ocurren a cada rato en Oaxaca, que presenta un alto índice de mortandad materna”, finaliza Felicitas Cabrera García.


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